Recuerdo la primera vez que lo vi, su cara, su ropa; si cierro los ojos aún puedo sentir el calor de aquel primer abrazo. Como olvidar el frio de aquel hospital, sus pasillos vacios llenos de cuadros con imagenes de mar, tan húmedo como nuestro primer beso.
Lo amé antes de verlo y ese día me entregué. Recorrí sin temor su largo pelo, su ancha espalda, su boca. Era todo lo que no pedí más ahí estaba, llegó a mis gritos de angustia y no le importó la sangre en mi boca.
Todavía al pasar por aquel pasillo te veo, nos veo, abrazados, como tratando de que aquel momento no pasara jamás. Guardando ese instante y dejando un pedazo de nuestras almas allí, intacto.
A veces creo que ahí debió terminar nuestra historia, debiste haber desaparecido en ese momento porque así yo hubiera creido que era un sueño y no estuviera aquí, llorándote.
Cuan efímero es el amor...
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